Olivar monumental en Calasparra

por Fran el 13 noviembre 2012

El senderismo es una afición de relativa reciente llegada a mi vida. Desde que en el invierno de 2002 Antonio me encargó un trabajo en cuya composición entraban dieciséis fotografías relacionadas con la huerta de Murcia, he pateado prácticamente todos los rincones de esta región entre sus huertos, arenas, montañas, valles, llanuras, campos, bosques… Y cada paso nuevo que he dado me enamoro más de mi tierra.

Cuando preparo una ruta visualizo mentalmente los lugares que a priori serán las estrellas del camino y que finalmente nunca defraudan. Jamás me documento gráficamente a través de fotos acerca de los lugares que voy a visitar, para que la sorpresa sea mayor y la aventura, existente. Suelo documentarme y prepararme lo justo, para así verme en situaciones en las que tenga que tirar de orientación e intuición para seguir mi camino, o tener que preguntar a las gentes que me voy encontrando y obtener con ello una valiosa información - nadie mejor conoce los lugares que quien en ellos vive - y un rato de charla con la que romper el silencio de horas, ya que la mayoría de las rutas las hago solo.
Con ello, lo inesperado siempre es la guinda especial del recorrido. Y lo inesperado del lunes pasado en Calasparra sobrepasó todo lo vivido. A falta de poco más de dos kilómetros para llegar al pueblo y acabar mi ruta en la que empalmé los senderos PR-MU 85 y 87, me encontré con un olivar monumental. Era el momento del ocaso, bajaba la temperatura, disminuía la luz solar, en el ambiente comenzaba a condensarse la humedad y me veo caminando junto a unos olivos cuyo porte no había visto jamás. Varias decenas, diseminados con amplitud en un terreno que parecía abandonado y cubierto de hierba verde debido a las últimas lluvias. Troncos cuya base estaría entre el metro y el metro y medio de diámetro, árboles, viejos, venerables, olivos de cruz baja con la corteza rajada y pocas ramas. Venerables.

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Junto a la carretera y a uno de estos olivos me encontré a un hombre con el que estuve hablando un rato. Le pregunté si el olivar era suyo, pero me dijo que no, que solo iba por allí de vez en cuando con su azada a pasar el tiempo (envidiable afición). Le comenté que estos no eran árboles, sino monumentos y que nadie debería permitir que bajo ninguna circunstancia se talaran nunca. Él me confesó que en la época del boom inmobiliario se puso todo el terreno del olivar en venta, pero que al final no se llegó a realizar la operación. Seguimos la charla unos minutos más, hablando de los olivos y de la tierra, de los pocos escrúpulos que hay hoy en día para talar un árbol sin más…
Aun no siendo él dueño de la tierra le pedí permiso para seguir haciendo fotos. Paseé entre estos olivos centenarios durante un rato más, durante el ocaso, en uno de los lugares más mágicos que he sentido en mi vida.

Si alguien tiene interés en visitar este lugar y compartir la experiencia, es un olivar muy extenso en un terreno no vallado a las afueras de Calasparra, a 2,5 kilómetros del pueblo aproximadamente, muy cerca de las ruinas musulmanas de Villa Vieja y junto a la carretera.

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