:: Editorial de El Pais.es sobre la lengua catalana y el valenciano ::

por Fran el 06 noviembre 2004


Respetar la lengua

EL PAÍS - Opinión - 06-11-2004


Tan malo es hacer política sólo con los sentimientos como ignorarlos. Cuando ocurre una de las dos cosas el conflicto es probable, y requiere de gran sabiduría intentar resolverlo sin provocar males mayores. La remisión a la Unión Europa por parte del Gobierno español de dos traducciones de la Constitución europea, idénticas en el texto pero identificadas una como catalana y otra como valenciana, ha suscitado irritación en unos y perplejidad en la mayoría. El Gobierno de Zapatero y el de Maragall han hecho una pésima gestión, con titubeos ante los apremios del PP valenciano el primero y salidas a la palestra exorbitadas del segundo contra el Gobierno amigo, seguidas de una rectificación que ha creado tensiones con sus socios del tripartito. Un triste espectáculo.

Catalán y valenciano son una misma lengua, según viejo consenso entre los lingüistas. Ya en 1932, las entidades culturales valencianas adoptaron, con las Normas de Castellón, la unidad de la lengua. La propia Academia de la Lengua define el valenciano como "variedad del catalán que se usa en gran parte del antiguo Reino de Valencia y se siente allí comúnmente como lengua propia". Otro hito fue la constitución, hace tres años, de la Academia Valenciana de la Lengua en un acuerdo entre socialistas y populares valencianos, mal recibido por los secesionistas lingüísticos, que anunciaron una "guerra" que enmascara pugnas en otros terrenos.

Ante el empeño del Gobierno valenciano de que se presentara un texto constitucional europeo traducido al valenciano -denominación que figura en el estatuto de esa comunidad-, la Generalitat de Cataluña negoció con el Gobierno que se presentara un único texto, en su variante valenciana, y que el Ejecutivo catalán lo asumiría como propio. El Gobierno optó por presentar en Bruselas dos textos idénticos pero con distinta denominación. Frente a la tambaleante gestión del ministro de Exteriores en este tema, Maragall reaccionó amenazando con "acciones legales" contra el Gobierno central. ¿Hay un tribunal que sea competente sobre esta cuestión? ¿Y qué imagen se llevarán los ciudadanos de unos políticos que recurren contra la mayoría parlamentaria de la que forman parte? Maragall quiso bajar ayer la temperatura atribuyendo su reacción en caliente a "precipitación". Zapatero dijo algo obvio: que se habían presentado cuatro textos en tres idiomas.

¿Puede alguien imaginar que México, Colombia o Chile reivindicaran ante Naciones Unidas que la lengua que hablan es distinta del castellano o español, que por cierto celebra su próximo congreso en la ciudad argentina de Rosario? El conflicto debe reconducirse porque la contaminación política del debate lingüístico, al final, perjudica a la lengua y, en este caso, a sus esperanzas de un reconocimiento en la UE.